La psicología de la felicidad

Los representantes de la psicología positiva buscan los criterios que deben cumplirse para que los seres humanos sean felices e idean programas para entrenar a las personas para que sean más felices. Pues la felicidad puede y debe ser producida de forma activa; la felicidad no se crea por sí sola. Para ser feliz no basta con no tener dolores, estrés ni preocupaciones, como lo demuestra la gran cantidad de personas que, aun careciendo de grandes problemas, no son felices sino que, por el contrario, se aburren mortalmente. Expresado con otras palabras, la felicidad es bella, pero cuesta mucho trabajo. Los investigadores de la felicidad han resumido el trabajo de ser feliz en una serie de reglas prácticas que expongo a continuación.

La primera regla es: ¡actividad! Nuestro cerebro se muere de ganas por ocuparse en algo. La inactividad mental nos pone de mal humor. Si descansamos un solo día, se apagan en serie nuestras neuronas. Quien no ocupa su cerebro lo está atrofiando, proceso que suele ir acompañado de sensaciones de displacer. No tenemos que estar activos sin cesar, pero holgazanear en exceso no ayuda precisamente al empeño de ser feliz. El deporte, en cambio, va muy bien, pues la mente se premia a sí misma por el esfuerzo físico con la formación de nuevas neuronas. Asimismo los intereses hacen que aumente el placer de la vida. Las rutinas, con independencia de los aspectos positivos que puedan tener, a la larga no hacen feliz. El cambio y la novedad pueden ser fuentes de felicidad.

La segunda regla es: ¡vida social! Los vínculos sociales son una de las fuentes de felicidad más estables. La amistad, la relación de pareja y la familia pueden crear un marco en el que nos sintamos bien instalados. Compartir experiencias con la pareja, con un amigo o con los hijos aumenta la sensación de felicidad. Quien vive en compañía, no está solo con sus preocupaciones y congojas. No es extraño, pues, que una buena relación de pareja, con la correspondiente frecuencia de las relaciones sexuales, sea mucho más importante para la felicidad que, pongamos, el dinero y la propiedad.

La tercera regla: ¡concentración! Los goces selectos y concentrados aumentan el placer de la vida. Lo que es aplicable a nuestra relación con las cosas también lo es en cuanto se refiere a nuestra relación con las personas. Cuanto más intensa es la relación que entablamos con otra persona, tanto más profundos son el sentimiento y la empatía. Desde la perspectiva de la neurología puede enunciarse del siguiente modo: saborea tus estados de conciencia, al menos aquellos que te hagan bien. Y, sea lo que sea lo que hagamos en cada momento, debemos vivir a fondo cada situación. Quien durante una buena comida piensa que va a engordar, o en una conversación mira constantemente el reloj, se está perdiendo su experiencia. Pensar de vez en cuando en el futuro puede ser práctico, pero pensar en el futuro constantemente hace que no disfrutemos el momento. La vida es aquello que para la mayoría de personas suele suceder mientras se afanan en hacer otros planes.

La cuarta regla: ¡expectativas realistas! La felicidad depende en buena medida de aquello que esperamos. Es igual de erróneo exigirse demasiado que exigirse demasiado poco: ambos extremos conducen a la infelicidad. Quien se exige demasiado sufre un estrés evitable. Quien se exige demasiado poco sufre por la falta de segregación de dopamina: la falta de estímulos y la indiferencia son las consecuencias. Y la falta de empuje provoca, a su vez, que nos exijamos demasiado poco: un círculo vicioso.

La quinta regla: ¡buenos pensamientos! Posiblemente sea la regla más importante de todas. Los sentimientos de felicidad no son ninguna casualidad, sino una consecuencia de los pensamientos y las sensaciones «correctas». Los pensamientos correctos son aquellos que originan placer y evitan displacer. Los psicólogos recomiendan el siguiente truco: «Haz como si fueras feliz… ¡y lo serás!». No es tan fácil hacerlo como decirlo. Cuando me siento mal difícilmente tendré ánimos para estar de buen humor.

Lo esencial es que, al menos hasta cierto punto, puedo elegir libremente cómo valorar los sucesos de mi vida. . ¿Me detengo más en los capítulos bellos del libro de mi vida o, por el contrario, me demoro en los pasajes tristes y aburridos? Algunas personas consiguen exprimir sobre todo el lado bueno de la vida; otras personas hacen todo lo contrario. Un posible método para lograr lo primero podría consistir en racionalizar de forma consciente los propios sentimientos. ¿Por qué me detengo tanto en lo negativo y me aferro a ello? Es verdad que no puedo elegir entre sentir algo de forma positiva o negativa, pero no es menos cierto que conservo cierto grado de libertad con respecto al modo como valoro mis sensaciones. Es esta una libertad que puedo entrenar. Ser capaz de clasificar y relativizar los propios sentimientos y sensaciones es un gran arte que requiere un aprendizaje.

A menudo se ha recomendado escribir puntualmente todos los sentimientos negativos. Así, de entrada son radiografiados por el córtex y de este modo, al menos, se suavizan un poco. Tampoco puede hacer ningún daño apuntar algunos buenos contraargumentos. .

Otra píldora de sabiduría de la psicología de la felicidad se resume en la siguiente frase: «No te tomes demasiado en serio, ríete de ti mismo». De nuevo, es muy fácil decirlo. Si bien aprender a reírse de sí mismo es un plan muy ambicioso, resulta más fácil aprender a evitar ciertas causas de displacer. Una de las más frecuentes es la comparación. Aquí resulta pertinente el dicho: ¡comparar es perder! No soy tan guapo como el modelo que posa en la revista. No gano tanto como mis antiguos compañeros de clase que han tenido éxito en la vida. No soy tan ingenioso como muchos otros. O, algo que es especialmente macabro, no soy tan feliz como mis hermanos. Mientras pienses así no lo podrás ser.

El sexto punto consiste en no exagerar en la búsqueda de la felicidad. Es un gran arte el de sobrellevar con calma la infelicidad. Muchas veces la infelicidad tiene su parte positiva. Algunas personas que sufren terribles enfermedades afirman vivir con más intensidad desde que las contrajeron. Las crisis, las dificultades e incluso los reveses de la fortuna pueden tener efectos benéficos. Algunas crisis pueden cambiar las cosas para mejor. Andar a la greña con circunstancias y hechos que no pueden cambiarse es una pasión muy extendida, y reprobada por el psicólogo de la felicidad.

Finalmente, el séptimo punto es el de la felicidad en el trabajo, un aspecto muy estrechamente relacionado con el primero, el de la actividad. El trabajo es algo que nos obliga a ser activos, y la mayoría de las personas necesitan esta presión para hacer lo suficiente. Obviamente, esto no se aplica a cualquier trabajo, pero sí a muchos de ellos. El trabajo es la mejor psicoterapia. Lo peor de estar desempleado es precisamente esta falta de terapia. Es fácil que quien no trabaja se sienta inútil; así lo pensaba también Sigmund Freud, para quien la felicidad consistía en «poder amar y trabajar».

Hasta aquí las siete reglas. Sobre el valor de una u otra regla, como naturalmente también sobre su utilidad, puede discutirse largo y tendido. La pregunta más acuciante y también la más postergada por los psicólogos de la felicidad es la siguiente: ¿cuál es exactamente mi margen de maniobra? ¿Puedo querer lo que quiero?. Y es que, ¿para qué sirven las máximas más inteligentes si no soy libre de llevarlas a la práctica? Esta pregunta apunta a un ámbito de problemas muy interesante.

Del libro ¿Quién soy y cuántos? de Richard David Precht.

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