Epicteto

Filósofo griego, perteneciente a la escuela estoica, nació en Hierápolis de Frigia (actual sudoeste de Turquía), pero desde su primera infancia vivió en Roma como esclavo, propiedad del liberto Epafrodito. La palabra epiktetos en griego significa “adquirido” o “comprado”. Físicamente se hallaba impedido en una pierna y rengueaba; según algunos fue su amo el que se la quebró, según otros se trató de una condición de nacimiento. No sabemos muy bien cómo fue que obtuvo la libertad, pero lo cierto es que comenzó a enseñar filosofía y, cuando en el año 93 Domiciano expulsó a todos los filósofos de Roma, Epicteto se estableció en la ciudad griega de Nicópolis, donde fundó una escuela filosófica y permaneció hasta su muerte.

Su vida fue siempre de una sencillez extrema. Habitó casas pequeñas, contando únicamente con lo imprescindible, y siempre dejaba la puerta abierta. Durante toda su vida comió lo que tenía a mano. No se casó nunca, pero compartió su vejez con una mujer que, a modo de ama de cría, lo ayudó a sacar adelante al hijo de un amigo caído en desgracia.

Al igual que muchos otros maestros antiguos decidió no escribir y desarrollar su pensamiento en un auténtico y cotidiano diálogo con sus alumnos. Sus enseñanzas nos han sido transmitidas por su discípulo Flavio Arriano, quien las recogió en las Disertaciones o Diatribas (ocho libros, cuatro de los cuales han llegado hasta nosotros), y en la selección Pensamientos, conocida como Enchiridion o Manual de Epicteto.

Para Epicteto la prohairesis – que podríamos traducir por libre albedrío – es lo que distingue al ser humano de todos los demás seres vivos. En este sentido, somos lo que por nuestro libre albedrío hemos decidido ser; somos lo que elegimos.

El bien y el mal se relacionan exclusivamente con nuestra prohairesis, es decir: con nuestro libre albedrío, por lo que no dependen de las cosas externas o circunstanciales. En otras palabras: somos nuestro propio bien y nuestro propio mal, más allá de las circunstancias, puesto que la facultad de elegir reside en nuestro libre albedrío. Somos nosotros los que elegimos. Tenemos la facultad de elegir entre el bien y el mal y, por lo tanto, somos responsables por nuestro propio Destino ya que el mismo está en nuestras propias manos. No así la Fatalidad, que es lo que “nos sucede” y que responde a causas externas fuera de nuestro control, mientras que al Destino lo vamos construyendo con las cosas que hacemos suceder porque las elegimos.

La consecuencia principal de este enfoque es que no debemos permitir que las cosas externas influyan en nuestras determinaciones ni alteren nuestro ánimo. Siendo que no están bajo nuestro control, nada podemos hacer por evitarlas. Pero, en contrapartida, está bajo nuestro control el permitir, o no permitir, que nos afecten. Conociendo, pues, la verdadera “naturaleza de las cosas” – o bien, lo que es lo mismo, el orden imperante en la Naturaleza y el Cosmos –  estaremos en condiciones de llevar una vida caracterizada por la serenidad y el equilibrio. No permitiremos que lo externo nos afecte y, ejerciendo nuestra voluntad, no sólo podremos rechazar el mal sino hasta utilizarlo como elemento de aprendizaje para acceder al Supremo Bien.

Sobre aquello que no podemos decidir, o no depende de nosotros, no debemos preocuparnos ni dedicarle esfuerzos inútiles, pues está en manos del Hado o de la providencia divina. De hecho, sólo depende de nosotros el buen uso de las representaciones, es decir, aceptar que las cosas son como son y nada más, y el recto ejercicio de la voluntad. Sólo Dios es enteramente libre y nuestra libertad consiste en la plena aceptación de sus designios, lo que nos da la tranquilidad de saber que todo está bajo su dependencia: el único mal está en nuestra voluntad. La esencia de esta voluntad es el querer la virtud y, para lograrla, es preciso: ordenar los deseos según la razón, el cumplimiento escrupuloso del deber y el control de los juicios según las reglas lógicas. A ello deben unirse la templanza, la castidad, la modestia y la veracidad.

El Manual desarrolla el concepto de libertad que adquiere el hombre cuando por medio de la razón logra ubicarse más allá de cualquier engaño, de cualquier complacencia, de cualquier dolor, de cualquier sentimiento y de la misma vida. Así se entiende el valor de la célebre fórmula estoica “sustine et abstine” (“soporta con dolor y abstente de los bienes aparentes”).

Epicteto subraya la necesidad de proteger nuestra alma de las pasiones y de las apetencias de las cosas externas, ya que la verdadera esclavitud es la de los deseos. En el aspecto político, Epicteto defendía un pleno cosmopolitismo, así como la igualdad de todos los hombres. El pensamiento de Epicteto tuvo una gran influencia sobre el emperador Marco Aurelio.

El elevado tono de su moral hizo nacer la leyenda de su conversión secreta al cristianismo. De hecho, el Manual gozó de gran estima entre los místicos y ascetas cristianos. La fama de Epicteto fue grande, mereciendo, según Orígenes, más respeto en vida del que había gozado Platón.

***

Manual de Epicteto

1. Hay cosas que están bajo nuestro control y otras que no lo están. Bajo nuestro control se hallan las opiniones, las preferencias, los deseos, las aversiones y, en una palabra, todo lo que es inherente a nuestras acciones. Fuera de nuestro control está el cuerpo, las riquezas, la reputación, las autoridades y, en una palabra, todo lo que no es inherente a nuestras acciones.

Lo que controlamos es libre por naturaleza y no puede ser impedido ni impuesto a ningún hombre; pero lo que no controlamos es débil, servil, limitado, y sujeto a un poder ajeno. Recuerda, pues, que te perjudicarás si consideras libre y tuyo lo que por naturaleza es servil y ajeno. Te lamentarás, te confundirás, y terminarás culpando a los dioses y a los hombres de tu desgracia. Por el contrario, nadie podrá impedirte ni imponerte algo si consideras tuyo sólo lo que en verdad te pertenece y ajeno lo que en efecto es de otros. De esa forma, no criticarás a nadie ni acusarás a nadie; no harás nada en contra de tu voluntad, no tendrás enemigos y no sufrirás ningún perjuicio.

Si deseas los bienes realmente grandes, recuerda que no debes permitirte el deseo – ni  siquiera leve –  de alcanzar cosas de menor importancia. Por el contrario, deberás renunciar por completo a ciertas cosas y posponer otras por el momento. Porque, si quieres poseer tanto los bienes grandes como los intrascendentes, tales como el poder y la riqueza, no obtendrás éstos últimos y perderás los primeros también; fracasarás absolutamente en obtener los verdaderos medios indispensables para lograr la felicidad y la libertad.

Por lo tanto, haz el esfuerzo de poder decir ante cada adversidad: “No eres más que apariencia; no eres en absoluto lo que pareces ser.” Y luego examina esa adversidad con las reglas que tienes para ello; principalmente por la que te permite establecer si concierne las cosas que están bajo tu control o si concierne aquellas que no lo están; y, si tiene que ver con algo que no depende de ti, prepárate para decir que no te importa.

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