El maestro alquimista

Érase una vez un maestro alquimista que sabía como convertir el metal ordinario en oro. Sin embargo, vivía con sencillez y nunca se aprovechó de esta habilidad para su beneficio personal. A medida que su fama se esparció, se reunieron a su alrededor muchos aspirantes y había dos de ellos en particular que realmente querían aprender lo que él les podía enseñar. Ninguna ciencia puede ser dominada al instante, sino que tienes que vivir con el maestro durante un tiempo para embeber sus enseñanzas. De manera que estos dos estudiantes se fueron a vivir con el maestro alquimista.

Un día, el alquimista les pidió que prepararan la comida del mediodía. Los dos estudiantes se sentían muy felices de servirle de cualquier modo, ya que sabían que una vez el maestro estuviera complacido con ellos, les daría las enseñanzas, les mostraría cómo convertir en oro el metal ordinario. Así que con gran deleite tomaron la cuchara de remover y removieron la cazuela. Después de un rato, se dieron cuenta de que algo extraordinario le estaba sucediendo a la cacerola de hierro. ¡Se estaba convirtiendo en oro!

Sus ojos se volvieron más grandes y brillantes y su corazón comenzó a palpitar. «¡Por fin! ¡Aquí está la sabiduría», pensaron. «Hemos estado sirviendo al maestro durante años. Ha tardado mucho en compartirnos la enseñanza. ¡Este es nuestro momento!». Rápidamente con unas toallas cogieron la cacerola de oro. Dejaron caer en el fuego la cuchara de remover y también echaron el grano al fuego. Miraron a su alrededor, pero el maestro alquimista no estaba por ninguna parte. Cubrieron con un chal la cacerola de oro, se dirigieron a la puerta y se marcharon corriendo apresuradamente.

El maestro alquimista regresó a la cocina. Los estudiantes no estaban y el fuego estaba aún ardiendo, quemando el grano. Entonces vio la cuchara- la cuchara de alquimista que transformaba el metal ordinario en oro- yaciendo sobre el fuego. Supo exactamente lo que había sucedido. Tomó la cuchara, la acarició y dijo: «Ah, tú te quedaste con el maestro».

***

Del mismo modo, en nombre de ejercer la libertad, de experimentar la libertad, el individuo a menudo se ciega ante lo que da valor a su vida, se ciega ante las virtudes que están escondidas dentro de sí mismo, virtudes que el mundo entero merece y necesita.

La libertad es un tema de contemplación muy rico y al principio es de gran ayuda pensar en cómo los seres humanos interpretan y malinterpretan este término. La gente suele pensar que la libertad significa tener vía libre para satisfacer los apetitos del ego. Demasiado a menudo, se busca la libertad para colmar los insaciables deseos del ego y en este proceso la conciencia de un bien superior cae en el olvido. En esta precipitada carrera hacia la gratificación de los apetitos del ego, es fácil olvidarse de las virtudes que hacen que la vida merezca ser vivida: autocontrol, moderación y consideración por el bien de los demás. Es fácil olvidarse de lo que beneficia a la sociedad en su conjunto. Sin saber cómo, uno deja de tener presente que la mano de Dios está en todas las cosas y el discernimiento adecuado simplemente desaparece. Se evapora la habilidad de distinguir entre los placeres a corto plazo y la felicidad duradera. Y así, aún cuando obtienes lo que es más beneficioso para ti, no te das ni cuenta. No comprendes lo que has recibido. Eres incapaz de reconocer su valor imperecedero. Se esfuma justo delante de ti.

Swami Chidvilasananda

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