Baba Yagá, la bruja que llevamos dentro

   

Un bosque de sombras separa el reino de los vivos del reino de los muertos.

En medio del bosque se alza una cabaña rústica, hecha de huesos y calaveras; en ella vive, solitaria, Baba Yagá, la señora de las brujas.

Anciana como la tierra, no es una vieja cualquiera. A veces es la madre diosa, a veces, la diosa de la muerte. Es hábil como hilandera, lo que le permite ser dueña de los destinos humanos. Auxilia a la gente que le sirve, petrifica a los inútiles.

Guarda las Aguas de la Vida y de la Muerte, pues es la Dama Blanca del Principio y del Fin.

Baba Yagá es bilingüe, habla el lenguaje de los dos reinos, por lo que frecuentemente trabaja como intérprete entre un mundo y el otro.

Representa el lado oscuro de la maternidad. Es la madrastra malvada, la partera de mal agüero, la madre desnaturalizada.

Detesta a los niños – a menos que sean parte de su merienda -, pero es amable con los jóvenes amantes a quienes les da de comer y beber, les regala objetos mágicos que los salvarán de las dificultades y los ayudarán a conquistar los corazones de sus amantes.

A los candidatos al heroísmo, les ofrece un visado provisional para que puedan entrar al mundo de los muertos y regresar transfigurados.

Hermana del diablo, gobierna sobre las fuerzas de la naturaleza: vientos, tormentas, truenos. Señora del mundo animal, sacerdotisa iniciática, tiene el don de la metamorfosis. Puede ser ave, serpiente, mosca, mariposa, rana, gato.

Es una disidente, marginada, solitaria, espantajo repugnante, pero cuenta con una familia numerosa. Tiene muchas hermanas: Medea, Hécate, Minerva, Morrigan, Brigit, Laima, Mari, Lilith, Hécuba, Circe, Ragana, Alabaste, Mometzcopinqui son algunas de ellas.

Cada una de estas brujas representa lo mismo: bajo la máscara de nuestro yo consciente descansan ocultas todo tipo de emociones y conductas negativas – fantasías asesinas, pensamientos suicidas, el desprecio por el próximo, racismo y fobias de todo tipo, violencia religiosa, envidias crónicas, rabia y miedos perpetuos. Es decir, aquellos sentimientos que hemos rechazados por considerarlos pecaminosos y que alimentan el lado oscuro de nuestra naturaleza humana.

Todo el mundo hospeda su Baba Yagá personal.

Este territorio generalmente inexplorado, simbolizado por las brujas mitológicas, es conocido como la sombra personal. No hay que ir muy lejos para encontrarlas; basta con mirar a nuestro alrededor: hay otro, siempre hay otro./ Lo que él respira es lo que a ti te asfixia,/ lo que come es tu hambre./ Muere con la mitad más pura de tu muerte.1

La sombra comienza a desarrollarse en la infancia, cuando nuestros padres y tutores nos aleccionaron sobre las conductas lícitas que hay que cultivar y las ilícitas que debemos reprimir, las emociones correctas y las imposibles, lo que estaba permitido decir y hacer y sentir y lo que era mejor contener. La buena y la mala educación. Nuestros padres nos dijeron: Niño, / deja ya de joder con la pelota/ Niño, que eso no se dice/ Que eso no se hace/ Que eso no se toca. 2

Y ya está. La sombra se está formando. Desde pequeños sabemos que hay cosas que es mejor archivar, porque nadie quiere a los niños malos.

Cada uno de nosotros lleva consigo un Dr. Jekyll y un Mr. Hyde3, una persona afable en la vida cotidiana y otra entidad oculta y tenebrosa que permanece amordazada la mayor parte del tiempo4.

Aprendemos a convertirnos en seres políticamente correctos; reprimimos nuestros infiernos y al reprimirlos nos distanciamos de ellos.

Esconderlos no los elimina, simplemente nos escinde.

Conciliarnos con los demonios olvidados es el primer paso para lograr la unidad perdida.

Porque es justamente de las llamas infernales, de la luz que irradia nuestra parte más oscura, en donde podemos encontrarnos con nosotros mismos y auto realizarnos. Definitivamente todos estamos rotos, así es como entra la luz. 5

Trabajar con la sombra es el proceso voluntario y consciente de asumir lo que hemos ignorado o reprimido.

Porque la sombra permanece conectada con las profundidades olvidadas del alma, con la vida y la vitalidad; ahí puede establecerse contacto con lo superior, lo creativo y lo universalmente humano 6.

Así pues, quien esté dispuesto a entrar en el bosque de sombras y conocer a Baba Yagá, no le queda más remedio que entrar en su cabaña, asimilar su sombra, integrar al diablo, reconciliarse con sus infiernos.

Es un acto de amor propio. Porque uno no se ilumina imaginando figuras de luz, sino haciendo consciente la oscuridad. 7

¿En qué medida aceptamos nuestros aspectos más abyectos?

A veces te hundes, caes en tu agujero de silencio, en tu abismo de cólera orgullosa, y apenas puedes volver, aún con jirones de lo que hallaste en la profundidad de tu existencia…, ¿qué encuentras en tu pozo cerrado? ¿Algas, ciénagas, rocas? ¿Qué ves con ojos ciegos, rencorosa y herida? 8

Sí. A veces somos ciénegas, a veces acariciamos el paraíso. Es tarea nuestra aceptar nuestra propia imperfección; lo monstruoso es olvidar nuestra parte oscura, errante, como si no existiera. Sabemos que todo lo que reprimimos nos debilita hasta el momento en que descubrimos que también constituía una parte de nosotros mismos.9

Por su naturaleza esquiva, la sombra es difícil de aprehender.

El inconsciente no puede ser consciente, la luna tiene su lado oscuro, la atención y la concentración exigen que ciertas cosas se mantengan fuera de nuestro campo de visión y permanezcan en la oscuridad. Es imposible estar en ambos lugares al mismo tiempo. 10

Así pues, solo podemos ver a la sombra indirectamente a través de los rasgos y las acciones de los demás. Funciona como un espejo: de pronto nos vemos invadidos por sentimientos que consideramos inaceptables: una profunda antipatía ante el otro porque sí, odios furibundos, envidias monstruosas, culpas lacerantes. La sombra se ha hecho presente y nos desnuda. Culpamos a los demás de nuestros desvaríos. De este modo pretendemos expulsar la sombra de nuestro interior, atribuyendo cualidades en los demás para desterralas de nosotros mismos.

Pero si estamos atentos y no nos dejamos engañar, podremos vislumbrar nuestro estado salvaje, la naturaleza no civilizada, el lugar de los ángeles caídos, el gemelo perverso, el indeseable que escondemos en el sótano y que no recibe visitas, lo inferior y censurable, lo que no deseamos ser. Somos como aquel que entró en el laberinto, extravió el hilo que lo guiaba y se hizo oscuro y tuvo miedo cuando sorprendido descubrió ser el mismo Minotauro que buscaba. 11

Como él, somos en gran parte lo que detestamos en los demás: el laberinto, el hilo y el Minotauro.

Es común que posterguemos el viaje al mundo subterráneo; para salvarnos de nosotros mismos, contamos con una vida abundante en apegos y distractores que nos ayudan a cerrar los ojos y sofocan nuestra desesperación.

Y sin embargo, conocer nuestra sombra nos obliga a disminuir la velocidad en la que vivimos, escucharnos y concedernos el tiempo necesario para interpretar las señales del inframundo.

¿Qué diablos nos quiere decir tanto diablo que llevamos dentro? Nos dice que el lado enfermo y doliente de nuestra personalidad encierra simultáneamente a la sombra oscura que se niega a cambiar y al redentor que puede transformar nuestra vida y modificar nuestros valores… Por ello puede descubrir el tesoro escondido, salvar a la princesa, matar al dragón. La sombra es, pues, al mismo tiempo, aquello a redimir y el sufrimiento redentor

1.Rosario Castellanos

2. Joan Manuel Serrat

3. El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, de Robert Louis Stevenson. La novela aborda el trastorno psiquiátrico que hace que una misma persona tenga dos personalidades con características opuestas entre sí. Mientras el doctor es un eminente científico, su contrapartida es un criminal brutal.

4. Connie Zweig

5. Ernest Hemingway.

6. Liliane Frey-Rohn

7. Carl Jung

8. Pablo Neruda

9. Robert Frost

10. James Hillman

11. Francisco Martínez

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